Ya era hora de irse, de partir rumbo a la casa normal, con mamá y hermana y vida, con problemas, gritos y discusiones, ya era hora de quitarse la polera grande, ponerse pantalones y partir, ni si quiera hacia falta ducharse para empezar, solo era hora de irse.
-me voy- dijo-
siempre soñó así este momento, sin despedidas ni aviones, sin compañías completas ni perfectas, simplemente con un adiós que había que pintar color rosa mientras era azul, un adiós que sería igualmente bonito, pero camuflado en cotidianidad, aunque esto no fuese cotidiano.
-no te quieres quedar a almorzar?- aparecían invitaciones a postergar.
-no sé-
es fácil escapar de el desespero, pero a veces, el corazón llama a quedarse un ratito en la herida, despedirse de la sangre nunca es fácil pero siempre es necesario, las reflexiones que da el quedarse abrazado a veces da un gusto de adiós y un punto final sanador, es un abrir de ventanal.
había que quedarse, despedirse.
él miraba como diciéndole que no lo hiciera mas complicado, que se quedara unas horas, que lo acompañara en su arrepentimiento, en convencerse de la excusa del destino.
-bueno, me quedo- dijo ella, se abrazaron y aprovecharon la respuesta para hacer eternas las sábanas y los giros en el colchón, aparecían las risas y por causa de ellas el efecto de las lágrimas.
Daban vueltas y se tapaban la cara con las sábanas para no enterarse del día.
se levantaron solo para almorzar, ensaladas, carnes, familia y silencios, coqueteos, risas, despedidas que desconocían y desesperanzas a las que no acostumbraban era el alimento para ese día.
luego venía lo peor y las miradas se cruzaban rápidas e inevitables, el susto que ocultaba ella de mirar el nuevo horizonte, ese era el horizonte de él.
y el mar comenzaba a inundar todo presente. el mar los separaba apareciendo como la peor pesadilla de olas inmensas derribando límites lejanos.
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